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21 diciembre 2012

A unas horas de volver a casa por Navidad, como el turrón

Y, de repente, se acabó la espera. Se terminaron los tachones en el calendario, ¡adiós a la cuenta atrás!. Solo vuelvo a casa por quince días, pero es una tregua muy merecida y más que necesitada por este corazoncito.

No veo el momento de posar la maleta en la cinta pesapecados, pasar el control de seguridad y sencillamente dejarme llevar, literalmente, por encima de las nubes. Sobrevolar Europa, decirle adiós por unos días a este país, volver a escuchar mi idioma, volver a ver a la misma gente de siempre, abrazar a mi madre, a mi padre, a mi hermano, despertar y que los ojos de Miguel sean lo primero que vea en el día, permitirme unas lágrimas que muestren mi dicha, susurrarle con la voz ronca algo ininteligible que bien significará algo así como que su presencia es lo más hermoso que me ha pasado en la vida.

No veo el momento de hacer vida normal por unos días, relajarme, destensar todos los músculos y sonreír, sonreír porque no hay motivos para estar triste.

Son las 23.14, en cuatro horas y media tengo que estar en pie y ni siquiera me he acostado, pero realmente no me veo capaz de pegar ojo esta noche, estoy hiperactiva, estoy nerviosísima, Dios mío, por fin, por fin, se acabó esperar, gracias Señor porque te pedí fuerza y me has regalado la mejor ocasión para demostrar que soy fuerte.

26 noviembre 2012

Veintiséis de mil colores

Existen en este mundo personas que escriben sus días con colores y que, sin ser apenas conscientes, empañan de una inesperada neblina de color toda existencia que pasa por su lado. Personas a las que la vida, por casualidad, te conecta, y de las que empiezas de repente a recibir torrentes de colores, de texturas, de olores. Personas que te hacen darte cuenta de hasta qué punto la vida es toda una obra de arte que, en sus manos, va a tener una apariencia mucho más hermosa, mucho más emocional.

Existen, asimismo, pinceladas aleatorias que esas personas le sueltan al aire. Pinceladas que, por casualidad, pueden recaer sobre individuos cuya vida consistía hasta el momento en una paleta, más bien sencilla, de colores básicos, como para pintar rutinas plastificadas en un cuadernillo para niños. Pero llegan esas pinceladas... y, de repente, todo es arte, todo es color, todo es vida.

Existen, a manos de estas personas de colores, pequeñísimos detalles que hacen de este mundo, de tu mundo, un lugar mucho mejor: un SMS inesperado, una sonrisa a través de Europa que llena de luz el autobús, villancicos en lituano anunciando el reencuentro, una carta en el buzón.

Hoy ha sido un día de colores. Colores que huelen a Miguel. Colores que decoran mis días y que me hacen, hoy también, ir a la cama con una sonrisa tallada en este corazón, tan colmado de magnificencia y dicha, que hasta se marea a ratos en este caleidoscopio de colores tan brillantes.

18 noviembre 2012

Kaunis rakastaa söpö

Un día me miré al espejo y supe que me había enamorado. Me había enamorado de cada minuto de miradas sin decirnos nada, de cada beso con sabor a cerveza, de cada broma floja, de cada sesión de carcajadas de las que hacen doler las tripas, de cada soliloquio basado en sus cosas de coches, de cada director de cine ucraniano de su invención, de cada pregunta digna de ingeniero, en fin, me había enamorado de cada pedacito de esa persona, de cada pedacito de mí cuando estaba con esa persona, y me miré al espejo, y lo supe, y supe que, esos nervios que planeaban sobre mí cada tarde que sabía que en horas vería su sonrisa, solo querían hacerme ver que estaba volviendo a querer.

Y, desde entonces, cada día me reafirmo más en nuestra puede que alocada decisión. Me bastan unos minutos diarios con su voz y su sonrisa en mi pantalla para que el día parezca menos Mordor y sea un poquito más Nunca Jamás. Me basta un mensaje inesperado para que se me llene el pecho con una inmensa sonrisa interna de felicidad, de plenitud, de inmejorabilidad. Nada que me haga tan feliz como pensar que, este año, las Navidades van a llevar su nombre, su apellido, su presencia, su olor, sus ojos, su sonrisa interminable, sus excentricidades y su cariño. Nada que me haga tan feliz como querer (¡y que sea recíproco!) a una persona valiente donde las haya, peculiar, pacífica y benevolente; nada que me haga tan feliz como mirar al futuro y saber que él está ahí, que estará ahí, y que aquel día en el que me miré al espejo y supe que me había enamorado, no estaba sabiendo nada más que el principio de lo que iba a ser volver a nacer.

02 noviembre 2012

Miguel en los ojos de Adriana

Recuerdo la primera mañana de mi vida en la que sus ojos fueron lo primero que vi en todo el día. Se desperezaba, con una lentitud de esas que transmiten pereza positiva, con gracia, apretando los ojitos y dejando escapar un bostezo tras el cual se dedicó a observarme. Entonces abrí los ojos, pero no los párpados sino los otros ojos, los ojos del alma, y me dejé caer en los suyos, en silencio, sin que hiciera falta nada más que esa mirada eterna que fluyó hasta la sonrisa y el posterior abrazo en armonía con el universo.

A partir de entonces, cada mañana que despierto sin él me deja perpleja unos instantes, aturullada, confusa por un momento, preguntándome dónde estarán esos ojos que van a saltar a los míos o a los que los míos van a saltar. Cada mañana que despierto sin él se traduce a unos mensajes breves y apresurados sobre cuánto más hermosos son los despertares compartidos. Cada mañana que despierto sin él, me evaporo en un suspiro que tacha un día más en la cuenta atrás para la siguiente noche en la que pueda dormirme abrazándole.

Y entonces llega, llega la esperadísima siguiente noche en la que puedo dormirme abrazándole, y llega el momento de dejarme caer en esos labios, y de entregarme por completo a sus abrazos, y llega el momento de rozar el firmamento con la punta de los dedos, y llega el momento en el que no hace falta confesar cuánto le quiero, porque lo sabe, lo sabe al igual que lo sé yo, y hacer el amor es solo un paso más de cercanía mutua, y querer fundirme con su piel es mi única obsesión, y mi coraza estalla, y somos solo él y yo y yo y él, y el mundo ahí afuera puede esperar, porque los despertares así de grandes merecen que el resto del mundo eche el freno y se dedique a suspirar.

Y sus ojos, y sus manos protegiendo las mías, y el latido de su pecho, y sus ojos de nuevo, y yo me siento marchar a otra dimensión, y vuelo, y volamos, muy muy alto, para siempre.

03 junio 2012

Esta soy yo

Ahora que ya ha terminado el curso y que mi única responsabilidad es seguir cumpliendo en el trabajo, cuento con mucho tiempo para darle vueltas al coco. Este hecho se hace muy evidente en cualquiera de las diez veces diarias de media que me estoy parando a pensar en el ritmo desenfrenado que lleva el mundo.

Hace un par de días trabajé rodeada de publicistas. Gente (salvo excepciones, claro está) arrogante, imaginariamente posesores de un altar en plena atalaya social, despectivos y esencialmente desagradables. Supongo que es la actitud natural en un sector que un amigo mío tildó de (literalmente) extraterrestre, tras muchos años dedicado a una profesión cercana. En fin, tal vez sea normal volverse un poco hijo de puta cuando tienes que pelearte con uñas y dientes para sacar adelante un proyecto que, por supuesto, si sale adelante, te hará embolsarte cantidades ingentes de dinero cada día, y te hará creer que eres dueño de un pedazo de cielo (o, en este caso, atalaya social a la que solo los más selectos, es decir, los que estén a tu nivel o por encima de ti, tienen acceso).

Lo considero un punto de vista erróneo. Veía día tras día pasar a la misma mujer, que se cambiaba de ropa de dos a tres veces al día, con sus evidentemente operadísimos labios, y ella me miraba por encima del hombro, con un gesto casi de oler a mierda cada vez que pasaba cerca de mi stand. Solo me dijo "buenos días" el tercer día de congreso, y fue para preguntarme acto seguido si podía enterarme de qué otro congreso estaban montando en la otra parte del pabellón.

Ante esta situación, yo me sonreía. Pobre niña rica, me solía decir Pepito Grillo. ¡Se va a perder tantísimo mundo solo por no considerarlo suficientemente a su altura...!

Aprecio el estilo de vida que llevo ahora. Bueno, tal vez no hasta ahora, esto de compaginar el último curso y un trabajo no ha sido sencillo y me he ahogado un poco en el tiempo. Pero sí, en el fondo supongo que también lo aceptaría como agradable. Sí. Me gusta el estilo de vida que llevo. Trabajo cuando me toca, con horarios y calendarios al revés del mundo como este sector requiere, por un sueldo más bien humilde pero que me permite llevar una vida muy digna al lado de los míos. Y es que a mí la dignidad no me la da mi dinero, sino mi gente. Mis padres, mi hermano, mis cuatro Amigos contados, Pipo. Yo, sin ellos, podría nadar en billetes, pero también en soledad. Y si algo me van enseñando estos años que cada vez me pesan más en el intelecto, es que la soledad es agradable en dosis muy reducidas y controladas, porque una vez superas esa dosis tan mínima, te consume. Igualito que la avaricia del dinero.

Tal vez un día cite aquí a unos maravillosos filósofos estadounidenses que han publicado un ensayo precioso sobre las enseñanzas morales de Harry Potter. Tal vez un día me anime a compartir con vosotros la idea que nos transmite Dumbledore sobre la piedra filosofal, que va más o menos en la línea de lo que acabo de escribir. Tal vez. Pero no será hoy. Porque hoy es mi noche para soñar que, aunque no me haya dado ni cuenta, he alcanzado un estado de mucha, mucha plenitud personal. Y eso... eso no lo compra ni todo el oro del mundo.