03 noviembre 2012

Viviendo en una montaña rusa

<<Mira a tu alrededor. Mira la que has liado, joder.

Una maleta de tamaño industrial esperando que la llenes de abrigos, ropa térmica, botas de monte y libros ultradeprimentes y adecuadísimos para ese millón de tardes solitarias que pasarás encerrada en casa por no enfrentarte al aguacero bajo cero que estará tronando afuera. Una lista incompleta que trata de enumerar lo que no puedes dejar de llevarte, léase pañuelos, sus fotos, un cuaderno amable en el que poder llorar palabras, música que se adecue a cada tonalidad de gris que adopte tu ánimo a diario. Tres, cuatro, cinco guías de viaje distintas que no te atreves a seguir subrayando porque cada nombre en ese idioma parece una variación minúscula y macabra del nombre anterior. Seguros médicos por todas partes, copias del pasaporte, billetes de avión que ya no sabes ni a qué día corresponden, e-mails de un agente inmobiliario del que no tienes más remedio que fiarte. Eres el caos.>>

Pepito Grillo lleva unos días haciéndome sentir la persona más absurda de esta tierra; a ratos quisiera hacerme un huevo y esconderme dentro de la maleta y pasar ahí estos seis meses que vienen, y a ratos me excito y me pregunto qué me deparará la vida en Lituania, y a ratos me echo a llorar y me llevo las manos a la cabeza de pensar en lo descabellado que es dejar atrás todo lo que tengo aquí, y a ratos abrazo a Pipo y le pido que me cuide y que sea fuerte, y entonces tengo que levantar la cabeza por mucho que me cueste, volver a mirar alrededor y obligarme a pensar en la que he liado.

Y, entonces, después de la emoción por la aventura, la llorera derivada del miedo al fracaso, el pánico a lo desconocido, la euforia ¡precisamente por lo desconocido que hay por descubrir!, la añoranza que me araña el corazón desde ya antes de marchar, la contención obligada de todo sentimiento porque debo ser tan fuerte como lo he sido siempre, abro la cremallera de la maleta, cojo aire, intento terminar mi lista, desisto al minuto, abro el armario y escojo mi primer jersey de lanas, para los días de frío, para los ColaCaos armonizados por baladas de Scorpions en casa, para abrazarle en la distancia y llenar nuestros abrazos de calor, para que haya alguien protegiéndome en cada cigarro que fumemos en solitario ese jersey y yo.

¡Valiente! No. Tengo mucho miedo. Pero seré valiente. Lo seré. Solo necesito salir de este limbo de pesadilla previa a la partida. Entonces volverá el valor. Entonces volveré a ser digna de ser llamada a la casa Gryffindor.

02 noviembre 2012

Miguel en los ojos de Adriana

Recuerdo la primera mañana de mi vida en la que sus ojos fueron lo primero que vi en todo el día. Se desperezaba, con una lentitud de esas que transmiten pereza positiva, con gracia, apretando los ojitos y dejando escapar un bostezo tras el cual se dedicó a observarme. Entonces abrí los ojos, pero no los párpados sino los otros ojos, los ojos del alma, y me dejé caer en los suyos, en silencio, sin que hiciera falta nada más que esa mirada eterna que fluyó hasta la sonrisa y el posterior abrazo en armonía con el universo.

A partir de entonces, cada mañana que despierto sin él me deja perpleja unos instantes, aturullada, confusa por un momento, preguntándome dónde estarán esos ojos que van a saltar a los míos o a los que los míos van a saltar. Cada mañana que despierto sin él se traduce a unos mensajes breves y apresurados sobre cuánto más hermosos son los despertares compartidos. Cada mañana que despierto sin él, me evaporo en un suspiro que tacha un día más en la cuenta atrás para la siguiente noche en la que pueda dormirme abrazándole.

Y entonces llega, llega la esperadísima siguiente noche en la que puedo dormirme abrazándole, y llega el momento de dejarme caer en esos labios, y de entregarme por completo a sus abrazos, y llega el momento de rozar el firmamento con la punta de los dedos, y llega el momento en el que no hace falta confesar cuánto le quiero, porque lo sabe, lo sabe al igual que lo sé yo, y hacer el amor es solo un paso más de cercanía mutua, y querer fundirme con su piel es mi única obsesión, y mi coraza estalla, y somos solo él y yo y yo y él, y el mundo ahí afuera puede esperar, porque los despertares así de grandes merecen que el resto del mundo eche el freno y se dedique a suspirar.

Y sus ojos, y sus manos protegiendo las mías, y el latido de su pecho, y sus ojos de nuevo, y yo me siento marchar a otra dimensión, y vuelo, y volamos, muy muy alto, para siempre.

23 octubre 2012

Ejercicio práctico: el Diario Emocional

Había escuchado en numerosas ocasiones lo psicológicamente productivo que resulta hacer un recuento íntimo, al final del día, de los momentos positivos que han tenido lugar en las veinticuatro horas pasadas. Esa típica "lista de cosas buenas del día de hoy" me ha parecido siempre, a decir verdad, una completa chorrada, y por ello nunca intenté siquiera coger el hábito de escribirla. Tampoco es que lo llegase a necesitar en ningún momento, ya que esta es una actividad encarecidamente recomendada a personas con alteraciones psicológicas que merman la capacidad de ser feliz, y por suerte nunca me he hallado demasiado cerca de ese límite; pero vayamos al grano.

Hace semana y media empecé a dedicar mis mañanas a un seminario de asistencia obligatoria, por motivos más variopintos de lo que pudiera intuirse, y me encontré con una docente (con la que había coincidido hace un par de años entrañablemente, por cierto, durante una asignatura de la carrera) que nos planteó la seria necesidad de hacer este ejercicio. Insistió en lo beneficioso que resulta subrayar, cada noche antes de dormir, los dos o tres momentos más emocionalmente positivos que hayamos vivido durante el día, y de dejar constancia de ellos por escrito, identificando además con cada breve descripción de dicho momento, la emoción positiva que lo acompañaba. Pasó buena parte de aquella primera sesión puntualizando que, si dedicamos cuatro líneas diarias a dos momentos especiales del día resumidos en dos palabras, no solo dormiremos mucho mejor, sino que, a la hora de gestionar nuestras emociones (sobre todo las negativas) en momentos posteriores, nos resultará mucho más fácil autoayudarnos, bien releyendo esos apuntes nocturnos de días pasados, o bien asumiendo las cosas negativas de la vida con una perspectiva muchísimo más optimista, desde la óptica de quien sabe en su fuero interno (y no necesariamente de manera consciente, es decir, que puede que nuestro cerebro empiece a reaccionar así de manera automática) que hay momentos malos en cada día pero que los positivos siguen existiendo, y al final del día siguen teniendo que brillar por encima de los negativos.

Aquel primer día de seminario, me fui a casa con deberes. Tuve que pasarme unos cuarenta minutos aquella noche pensando en mis emociones del día. Y, para ser franca, se me había olvidado la mitad lo que había hecho (por no hablar de lo que había sentido) durante la jornada, solo porque no había tenido (o eso creía yo) nada de particular. Ahí tenemos nuestro más grave problema socialmente inducido: olvidamos lo corriente, porque no destaca. Pero ¡¿cómo que no destaca?! Tras mucho pensar y hacer un recuento muy general del desarrollo cronológico que había tenido el día, recordé que había sentido muchísima ternura al encontrarme con un amigo de la infancia y saber que ahora es profesor de niños de cinco años a los que intenta enseñar inglés. Y, es más, también había sentido confianza, al hablar con mi madre sobre algo tan vano como lo es la política, pero sin tapujos y sin vergüenzas, y lo comprendida que me había sentido por ello. De repente no tenía dos ni tres sino varios momentos emocionalmente positivos, y me costaba decidirme por dos.

Al día siguiente me costó mucho menos tiempo material elaborar mi diario emocional.

Ese bloque del seminario dedicado a las emociones, a la inteligencia emocional y a cómo esta afecta a los equipos de trabajo, terminó ayer. Había probado a no escribir nada el viernes y el sábado (ya que estaba cansada de verdad por la semana y quería dormir y sencillamente no pensar), y el domingo me desperté inusitadamente triste. Así que esa misma mañana del domingo me decidí a recomponer la costumbre que había adquirido durante la semana, y esa tarde me ocurrió que acumulé momentos emocionalmente positivos como para nutrir mil páginas de diario emocional (que fue pura casualidad, pero ayuda a pensar que he retomado una costumbre muy adecuada). Me he propuesto seguir haciendo esto, porque, pese a que nunca lo he necesitado como terapia, estoy descubriendo que una empieza a ser mejor persona cuando se fija en los motivos que le brinda el día para serlo. Y es que sentimos cosas mucho más intensas de lo que creemos; solo consiste en pararse a observarnos. Porque no podemos (o no debiéramos poder) caminar por esta vida con los ojos entrecerrados; hay demasiado por ver, sentir, reír, ahí afuera.

El quid de la cuestión está en que somos dueños de nuestras emociones y, tras identificarlas (que es lo que este sencillísimo ejercicio va puliendo poco a poco), "solo" (ya que esta es la parte que más tiempo lleva) tenemos que aprender a gestionarlas, y a asumir que, cuando lleguen las emociones negativas como la ira, o la pena, o la rabia (¡que llegarán!, vaya que sí lo harán...), deberemos rebajarlas (¡que no reprimirlas!, sino reducir su intensidad haciendo un esfuerzo cada vez menos consciente para ello) mediante esa óptica optimista que nos habrá ido forjando esto del diario emocional, sin que nos demos ni cuenta.

Sé que no suena bien y repito que yo misma le he restado importancia a este tipo de ejercicios hasta ahora, pero, si hay alguien leyendo que sienta que puede venirle bien una lección sobre cómo ser un poquito más feliz, mi recomendación es que empiece desde sí mismo, desde una cuidadosa introspección de las emociones positivas diarias, y que de ahí en adelante se vista de los colores del optimismo.

¡Feliz día, buenas noches!

22 septiembre 2012

Valiente

Historias circulares, que se escriben hilando momentos de casualidad no buscada, que empiezan donde y como terminarán pero no es sabido hasta que se acaban. Historias que te dejan una huella, porque tienen razón de ser y de no ser, y siempre habrá algo en ellas que te enganche y que te haga no olvidarlas.

Esta es una de ellas, y hoy, primer día de mi primer fin de semana libre en ages, me la pongo bien bajita para disfrutar de los susurros de las casualidades que no me pertenecen, y esperar que todo este caos que me rodea se quede atado un día por lo que falta, por lo más importante, y así, sola o no, pueda cerrarlo todo, cerrar el círculo de mi vida, ponerle un punto final a esta historia y que sea redonda de los pies a la cabeza.

Los amantes del círculo Polar. Disfruten.


16 septiembre 2012

Disonancias

El sexo por el sexo no lleva a nada. El sexo sin cariño carece de contenido humano. El sexo, si no está lleno de miradas y abrazos y latidos de corazón que se sincronizan, no es más que otra actividad física que implica placer, por muy satisfactorio que resulte.

Es muy contradictorio, ¿no? Pasarse toda la vida buscando un estilo de ídem y encontrarse de repente con algo totalmente distinto a ello. Querer amor y encontrar placer carnal. Disonancia cognitiva, lo llaman en términos de psicología. De cuando la cognición, la sapiencia de la situación, dicta una cosa, y los actos conscientes de la persona responden a un dictado totalmente distinto. De cuando sabes que fumar es malo pero aún así fumas. De cuando sabes que el sexo es vano y absurdo, pero mantienes una relación basada en el sexo.

Dicen que la disonancia cognitiva solo se puede reducir (aplacando así la locura interior que conlleva) cambiando los actos. Fumar menos, reducir los encuentros sexuales. Tal vez. Hay quien la reduce también a base de "interceptar" la cognición, bien tomándose a la ligera el cáncer que puede provocar un cigarro o restándole importancia a la previsión de vida que tenías antes de encontrar la conformidad en el sexo.

A decir verdad, ahora entiendo mejor que nunca este término de disonancia cognitiva. Y, tonterías aparte, sobrellevar esta tensión interna entre la conciencia y los actos conscientes son palabras mayores.

13 septiembre 2012

Finally, I'm understanding me

Me están viniendo a la memoria aquellas tardes en Formigal. Tardes de encerrarme contra unos libros, de llorar de la desesperación y de la impotencia, de tener que dejar el temario bien atado porque enseguida empezaría otro trabajo y previamente este debía quedar finiquitado. Me están viniendo a la memoria todas aquellas ideas casi suicidas que eran mi pan de cada día.

Y me está viniendo asimismo a la memoria aquella misma melodía...


... que hoy vuelvo a necesitar escuchar. De la desesperación, de la impotencia, de la necesidad de cambiar de aires, y de recordarme que algún día vendrán tiempos mejores.

25 agosto 2012

Cohkka

Vuelve el ruido a casa. Se terminó la paz. Se terminó la vida dentro de mí misma. Se terminaron los gestos huraños a la nada despreocupada de que la puerta pudiese ofenderse por ellos. Se terminaron los silencios necesarios para conmigo misma, porque ahora hay que volver a pensar por cuatro. Mierda en bote.

Por fortuna, mañana me toca alterar esta rutina que, desde ya, me está aprisionando: me escapo unos días, de camino a un reencuentro con gente que me importa mucho y que en su día suponían también ese ruido agradable de fondo en mi día a día. Es decir, gente que en su día fueron mi familia, por así decirlo. Tengo ganas de verlos, vaya que sí. Y lo necesito, para recordarme que incluso detrás de las nubes sigue brillando el sol.

Y, sobre todo, tengo ganas de que esta sensación de total claridad mental me dure mucho tiempo, porque me estoy dando cuenta de la firmeza con la que estoy afrontando la vida de repente. Será que he madurado, será el bienestar mental y el equilibrio espiritual. Será lo que Dios quiera que sea, pero por favor, que dure mucho, porque de la nada están surgiendo muchas ideas y decisiones que no podían haber resultado ser más acertadas de lo que son.

31 julio 2012

C'est la vie, et comment elle est belle!

La vida es poesía.

He tenido tiempo más que suficiente estos días para quedarme mirando a un completo desconocido, generalmente escogido por el azar ocioso de no estar mirando a ninguna parte en concreto, y detenerme a analizar sus gestos, su manera de hablar, su mirada, las variaciones en su postura dependiendo de su compañía, por supuesto su manera de vestir, y demás minúsculos detalles, e intentando encontrar después relaciones entre estas variables y la nacionalidad del individuo en cuestión.

Mucha gente muy curiosa hay por el mundo.

Está por una parte mi personaje favorito, el misterioso: se trata del chico que nunca me permitió averiguar su nacionalidad porque siempre iba solo, enfundado en unas gafas de sol oscuras, a la sombra de las sombrillas, hinchándose a beber a través de unos labios torcidos en una sonrisa estúpida y casi drogada, fumando puros de noche y guardando todos esos excesos en una mierdita de complexión flaca y desgarbada. Tal vez fuese francés, se me ocurre pensar. Aunque también podía ser alemán. Dios sabrá.

Estaban, por otro lado, los estereotipos más definibles: italianos modernísimos y casanovas que metían mucho ruido, alemanes ultratatuados y con carteles neónicos de amor a Rammstein y sus nazismos, el espeluznante pseudolatino que resultó ser español y que se ganó el mote de Tacabró (¡exacto!, un know how vital calcado al del autor del temazo del verano, el "tacatá"), la mujer hippie que me habló con muchísima dulzura sobre el vegetarianismo y la vorágine del mundo y su niño de cinco añitos que es como un señor en pequeñito, el atractivísimo camarero polaco con el que establecí una química tan sensual...

Me encanta la gente, me encanta la vida, me encanta haber podido disfrutar de una semana de ocio absoluto para darme cuenta de que la vida, después de todo, sigue adelante y es demasiado hermosa como para dejarla escapar entre lamentos.

11 julio 2012

Españistán

Ayer pensaba, de vuelta a casa, en lo bien que vivo cada vez que viajo, sin mirar la televisión, sin la desgana por todo en general, en fin, de viaje, en resumidas cuentas. Hoy abro el Correo por ver si me había perdido algo, y me encuentro con una subida del IVA del 18 al 21% en el tipo general, del 8 al 10% en el tipo reducido, y afortunadamente el superreducido que se mantiene en el 4%. Recortes para sindicatos (cuestionable por las implicaciones sociales que tiene, pero seré honesta, los sindicalistas me han parecido siempre vendedores de demagogias muy baratas y con esta medida sí que estoy más bien de acuerdo), funcionarios (pero los de oposiciones, ¡eh!, no los secretarios o subsecretarios de congresistas y demás chupapollas del panorama político-circense actual), recortes en las prestaciones por desempleo, un mayor escalonamiento entre ayuntamientos y esas malditas diputaciones que de verdad a mí me sobran muchísimo... en fin, me he encontrado con que sí que me había perdido bastante estos días. Y esto tan solo unas semanas después de que anunciaran la subida de la luz.

Me da una bochornosísima vergüenza que todo esto esté pasando en un país que hace siglos descubrió el Nuevo Continente y que, en lugar de hermanarse con él, lo sometió y saqueó para luego derrochar riqueza y opulencia, y para el provecho de las naciones que sí supieron partir el bacalao, Suiza, Alemania, almacenando todo el oro de las Américas e impulsando así la actividad bancaria internacional. Los españolitos habían encontrado a unos indios más débiles que ellos así que los masacraron y se aprovecharon de ellos para que currasen para ellos y poder, así, sentirse señoritos, y así fue que celebraron y celebraron y no administraron la ficticia realidad que ese oro a punto de agotarse había creado, y la gloria terminó por desvanecerse para dejar en evidencia que España es un país tan miserable que hoy, 11 de julio de 2012, está viendo su quinto punto de subida del impuesto más importante a pagar en los últimos dos años. Que la historia es cíclica y, como siempre, en España las cosas no se saben hacer bien. Porque así de derrochadores, ostentosos, avariciosos y (sobre todo) estúpidos somos. Así que disfruten de lo votado. Yo por mi parte me alegro de no haber pedido el paro todavía, porque hasta de ahí me querían recortar.

Bienvenida a casa, y tal. Se me están cayendo encima las paredes, por partida doble.

04 julio 2012

"There's no place like London", Sweeney Todd

Londres es la ciudad en la que todo tiene cabida. Un Nueva York en miniatura, o más bien habría que decir que Nueva York es un Londres a lo grande. La capital indiscutible de lo raro, de lo común, de la fama y del individualismo, de las revistas y de los antros grunge, de los maquillajes extremos, la ciudad del eterno carnaval, del metro con su "mind the gap" y los autobuses de mil pisos que paran a dos centímetros del que va delante, la eterna niebla, la capital de la celulitis, de los takeaway, de las Dr Marten's, de las New Age, de las rastas de colores y mil antros sucios para tatuar.

Londres es un recipiente en el que existe todo lo imaginable. Y lo que no existe pero se puede imaginar, acabará existiendo. Londres es como Nunca Jamás, o como el universo, Londres es, en fin, qué os voy a contar si todos los que estamos leyendo esto posiblemente ya conozcamos esta ciudad. Lo curioso es que si compartiésemos vivencias, veríamos cuán diferentes son unas de otras, y es que hay un Londres para cada individuo, como si la ciudad se adaptase a uno como un perfecto guante, el cual, en mi caso, sería sin duda aterciopelado, negro, cómodo y comprado en Camden. ¿Y el tuyo? ¿Cómo sería tu guante? ¿Cómo es tu Londres?

Dos días.